“Hay amores que matan”, dice el dicho popular y creo que este es uno de los grandes problemas que sufren los clásicos.

Cuando un autor es admirado y empieza a tener seguidores, estos no pocas veces en su afán de conocer más al autor van escudriñando cada ápice de su pensamiento hasta poder glosarlo casi de memoria y se vuelven autoridades enciclopédicas de ellos. Conocen de ellos todo y lo interpretan al pie de la letra y no pocas veces hacen glosas de sus conocimientos para los que aun no son eruditos y quieren ser iniciados en dicho clásico. Estos estudios no pocas veces acaban venerando al autor, veneración que daña profundamente a “la verdad”, para la cual el propio clásico habrá dedicado su  vida. La veneración lleva implícita la pasión, la entrega total al ser admirado, amado, sin embargo la pasión no es normalmente amiga de la verdad, más aún es su acérrima enemiga, pues la suele teñir y deformar impidiéndole aparecer prístina y definida. Estos amantes de los clásicos crean así verdaderas doctrinas alejadas de todo lo que pudiera ser una franca búsqueda de la verdad o en el mejor de los casos se convierten en receptáculos inherentes del conocimiento del autor que tiran a mansalva cual dichos, diatribas tiraba Sancho Panza, vengan o no, estas a guisa dando así muestras ampulosas de sus conocimientos, mismos que cual moderna memoria de computadora o viejo libro de papel puede contener sin tanta petulancia.

El problema de estos venerables sabios es que impiden el libre acceso a los clásicos descalificando a priori a cualquiera que se atreva a hacer una interpretación pagana desautorizando rápidamente al que los quiere tocar porque no los conoce bien como ellos dicen conocerlos o porque no han leído a un intérprete autorizado, casi siempre alguien del club de admiradores.

El objeto de este escrito es doble: primero, decirles a todos aquellos que conocer un clásico que no se conviertan en fariseos o maestros de la ley que dejen de intentar crucificar a cualquier nuevo estudiante que se aproxima a un clásico, porque un clásico no contiene la ley mosaica y la soberbia de ser “el conocedor” le estorba mas al saber del clásico que una que otra lectura e interpretación errónea de vez en cuando a cambio de otras muchas acertadas que pueden surgir del adecuado estudio de mentes frescas que vienen de otros horizontes con ángulos de luz distintos, lo que permite en no pocos casos alcanzar grandes tramos del saber que desde la perspectiva normal no es posible.

El segundo objetivo, es animar a todos aquellos que se interesan por un clásico que vayan directamente a él sin temor, vayan seguros, seguros de que encontrarán paraísos perdidos que nunca imaginaron, métanse en las páginas de los libros de los autores clásicos y naveguen río adentro y descubrirán lo invencible, verán lo que nunca nadie vio y se llenarán de regocijo al contemplar la verdad, siempre rica y polifacética, si interpreten, escriban de ellos, como un explorador que va haciendo notas en su libreta de todo aquello que ve en su excursión hagan lo mismo y luego nárrenlos el viaje maravilloso que seguramente nos maravillaremos con ustedes cuando el que te lea comparta tu aventura.

Pero no te pares ahí: habita en él, construye en él, continúalo, usa lo que dejó para agregarle pisos, reacomoda piedras, labra efigies en este edificio que no hay sistema filosófico plenamente acabado que ya no se pueda seguir trabajando. Usa su método si lo que ves te parece bien terminado para así atacar nuevos problemas con los procedimientos siempre vivos de los clásicos.

Hay pues tres caminos: conocerlo, disfrutarlo e interpretarlo y comentarlo. Habla de él, de cómo ves su obra, sus alcances, sus formas sus métodos, ve lo que el vio del mundo y comentarlo.

Otro camino es construir sobre lo que el edifico sobre su edificio de conocimientos, siempre hay algo nuevo que podrás aportar, procura respetar su método para no perder estilo y evitar que la obra desmerezca, ve el mundo como él lo vio y sigue su construcción.

Por último disiente, pero primero húndete en él, aprende de él y luego sigue adelante, no te pares en él, no vuelvas la vista atrás. Ve como vio él para que tu veas el mundo como él lo vio. Parte de ese paraje e intérnate en el bosque en busca de algo nuevo y cuando encuentres un paraje adecuado planta ahí asienta tus cimientos e inicia tu propia obra.

Cualquier trabajo que intentes es válido y honesto a condición de que hagas lo que hicieron ellos, tuvieron como única bandera la verdad y lucharon por ella contraviento y marea y se adelantaron en las más grandes profundidades de la selva siempre a costa de ella y dejando atrás todo atisbo de verse ellos primero. No te pongas nunca delante de la verdad, ten el valor de enterrar tu obra no importa cuan larga y compleja e incluso famosa si ves de pronto que se ha desprendido de la verdad. La verdad es lo que ha de buscar siempre el filósofo y la primera víctima que tendrá que inmolar si quiere encontrarla tendrá que ser él mismo. Si tu logras desaparecer de tu obra, ésta ira caminando creciendo pero si les haces sobra se marchitará hasta morir.

La otra condición que te pongo es que seas persistente, que no te desanimes, pues desde ahora te predigo que pasarás muchos sin sabores, pero en medio de ellos siempre habrá rosas. Acuérdate que no hay victoria sin esfuerzo ni victorias sin heridas. La filosofía es una lucha te herirán, pero saldrás adelante si no paras, pero si paras no importa cuan pequeña sea la herida será mortal, morirá tu obra y tú porque no habrás persistido cuando debiste hacerlo. En cambio si la herida es muy grande y te mata tu vivirás por tu obra.

Solo hay un pecado en la filosofía y es mortal no buscar la verdad y solo hay una muerte la del que se detiene ante las o huye ante el peligro.